viernes, 19 de noviembre de 2010

El dolor aparece en el más profundo silencio


El paso de los años, había marcado en la vida de Ángel lo que a todos nos llega, la vejez. Esa etapa de la vida que  muchas personas evitan, con tratamientos, con cirugías, en fin, al final a todos nos llega. Ángel, a sus 94 años, había recaído después de una tarde en familia en la casa de su hijo Bladimir.
Era una mañana del domingo. Toda la familia de Ángel decidió reunirse en la casa de Bladimir para almorzar. Ángel ya no podía caminar, se movilizaba en silla de ruedas. Eso sí, nunca perdió su carisma y felicidad a pesar de la discapacidad en la que se encontraba.
Lucho, él hijo mayor de Ángel, venía en un trooper con su esposa y sus tres hijos. En otro vehículo venía Ángel. Su  otro hijo, Bladimir, lo traía junto a su madre y esposa. Llegaron a la casa. La madre de Patricia, la esposa de Bladimir, estaba esperándolos en la puerta. Todos bajaron enseguida para ayudar a la cabeza de la familia.
“Ay, ay, ay”, fueron los gemidos que Ángel pronunciaba mientras lo bajaban cuidadosamente del auto para colocarlo en su silla de ruedas. Después de tanto trámite para que Ángel llegara bien, la familia se acomodó en la sala de la casa para conversar un poco mientras terminaban de preparar el almuerzo.
Cuando ya todos terminaron de almorzar, comenzaron a contar “cachos”, y Ángel era experto en contarlos y hacer reír a la gente mientras lo hacía. Después, todos los jóvenes de la familia decidieron ir a jugar básquet en una cancha que se encontraba cerca de allí. 
Todos se unieron y fueron a hacer deporte. Ángel también fue con ellos, a tomar el sol y ver jugar a sus hijos y nietos. Terminó la tarde y la reunión familiar también. Cada uno se fue a su casa. Al siguiente día Ángel quería decirle algo a su esposa, que aún se encontraba durmiendo en la cama, pero no pudo pronunciar palabra.
Alejandra, nieta de Ángel, entró a la habitación de sus abuelos para despertarlos y decirles que el desayuno ya estaba listo. Cuando estaba acomodando a su  abuelo para ponerlo en la silla de ruedas, a Alejandra le sorprendió que no pronunciara ninguna palabra.
Mientras estaba en el comedor, Ángel comió con tranquilidad. Estefanía, su otra nieta, le dio de comer en la boca como todos los días. Seguía sin pronunciar palabra, esto no era normal. A más de eso, Ángel comenzó a retorcer su boca. Lo comenzó a hacer cada vez más frecuente, como si lo estuvieran forzando.
Llamaron al médico. Este les dijo que Ángel tenía que realizarse algunos exámenes para poder verificar la gravedad de la enfermedad. Cuando llegaron los resultados, constataron que su hígado ya no estaba funcionado bien, y que esto estaba afectando a uno de sus riñones.

Trajeron a otro especialista. Ángel seguía empeorando. Esta vez ya no habría los ojos. El doctor les dijo a sus familiares que había sufrido un paro cardiaco, pero que este no había sido muy fuerte.
Los familiares de Ángel comenzaron a llegar. Sus otros hijos que vivían en Quito llegaron para ver a su padre. Todos se pusieron tristes al ver que no podían hacer nada para curarlo, que lo que tenía Ángel era cuestión de tiempo.
Sus manos estaban frías como un tempano, y su boca se retorcía involuntariamente. Sus ojos estaban cerrados, mientras las lágrimas que derramaba salían a causa del dolor. Un dolor que se veía como la luz del sol, pero que Ángel no podía gritar el sufrimiento que padecía, porque su lengua no podía pronunciar palabra.
Llamaron al Padre de la parroquia, para que le de la unción de los enfermos. Entre tanto llanto, toda la familia de Ángel entró al cuarto para despedirse de él. Sólo se esperaba la muerte. El Padre cogió la mano derecha de Ángel, y ayudó a darle la bendición de despedida a cada uno de sus seres queridos.
Después de haberle colocado un suero, Ángel reaccionó y pudo hablar. Pero cuando ya presentó síntomas de mejoría toda su familia se había marchado. Los que vivían con él se alegraron por su mejoría. Así pasó durante dos semanas, todo iba bien, hasta que de nuevo recayó.
Contrataron a una enfermera para que lo atendiera. Cada día que pasaba, su salud se quebrantaba más. Los hijos de Ángel, que vivían en la ciudad, decidieron internarlo en una clínica, para ver si podía mejorar con atenciones médicas las 24 horas.
María, una de sus nietas, fue a visitarlo a la clínica. Cuando vio a su abuelo trató de ser fuerte, y no llorar, porque su tía estaba presente. Cuando la tía de María salió un momento a ver unas medicinas, ella abrazó a su abuelo. “Porqué Dios mío, porqué…no te lo lleves todavía, yo lo necesito”, dijo María, mientras lloraba en el lecho de su abuelo.
Ángel estaba conectado a una máquina, que marcaba los latidos de su corazón para controlar su ritmo cardiaco. Sus brazos estaban llenos de moretones que se habían producido después que intentaron ponerle un suero.
Un día más, para saber que Ángel está con vida solo porque respira. Abre sus ojos con una mirada perdida esperando que Dios le permita descansar en paz.

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